En esta mañana azul, don Paquito, el viejo republicano aún en pie de guerra, ha querido dedicar una ración de nostalgia a su paseo matinal. Con ese propósito se bajó del autobús en la Plaza de la Constitución, enfiló la Calle Real y finalizó la caminata con un lento desplome de huesos en un banco del paseito Fariñas.
En su especial recorrido don Paquito había contemplado, a prudencial distancia, como se subastaba el frágil milagro de un futuro a los acordes del himno de La Legión; luego, apenas repuesto de la impresión, había sido abordado por una señora ya madura, con aspecto de viuda virtuosa, que le intentó vender una Biblia; más adelante presintió a través de los ventanales del Círculo la mirada del pasado que permanece y, un instante después se sintió espiado, desde la terraza del Modelo, por la mirada perdurable de algún salvapatria nostálgico.
Don Paquito descansa ahora en esta placita donde el pasado cada día muere un poco. Aquí, rodeado por abuelas que cuidan al niño amarrado en la sillita y por jubilados en rigurosa fase terminal, don Paquito interrumpe por un momento su charla con un poeta que busca la inspiración urbana y saluda, puño en alto, a un hombre que exhibe la bandera republicana para anunciar el día de la mujer trabajadora.
Don Paquito, ante tantas sorpresas y sugerencias mágicas, se alegra de este pueblo en el que poco a poco empiezan a tener sitio todas las ideas, todos los pensamientos y todas las banderas. Se alegra de este pueblo donde caben, incluso, las huecas proclamas de unos tristes voceros y los panfletos subordinados a esa política de escaparate y papel caro que recuerdan aquella España a la que algunos añadían Una, Grande y Libre. La verdad es que don Paquito no tuvo nunca claro si alguna vez fue Una, pero está convencido que es algo más libre y mucho más grande. Tan grande que cabemos todos. Y don Paquito, sin más patrimonio que sus recuerdos, se adormece pensando que no le importaría esperar la muerte aquí, al tibio calor de este sol remoto y con el borroso himno de Riego entre los labios.
La Línea, 27 de marzo de 2006 M.G.F.
Ir arriba